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martes, 1 de octubre de 2013

RETALES DE UN PROYECTO DE NOVELA




Os adelanto una pequeña muestra de algunas líneas de la novela en que actualmente trabajo y que pretende ser un retrato de los tiempos que vivimos, de la perspectiva de los jóvenes ante la época que les ha tocado vivir, sus esperanzas, sus frustraciones. No se trata de una novela autobiográfica pero espero que sepáis perdonar ese pequeño y creo que inevitable error de los escritores noveles de "tirar de archivo" y recurrir a lo vivido y conocido en más de una ocasión. Espero que os guste y que os apetezca leer más ;)
  



No cogía el teléfono. Para no quedarme en casa toda la mañana, se me ocurrió salir a hacer algunas fotos por el centro. Me calcé las botas, me puse una rebeca –todavía hacía fresco a principios de junio, raro pero cierto-, me atusé el flequillo con las manos y salí de mi casa pensando en la reinvención.

Era en sí un concepto atractivo. No era una palabra que sonase mal, ni mucho menos. Sonaba a emprender, a aventuras, a cambio a mejor. Sin embargo no podía dejar de percibirla con un punto amargo en tanto que se imponía a los jóvenes de mi generación. Y a mí, que al fin y al cabo, soy el caso que más me preocupa. 
 
Reinventarse. ¿Para qué? ¿Quería reinventarme? No hacía tanto tiempo que me había inventado por primera vez. Quizás tiene más sentido reinventarse cuando uno se aburre de lo que hace, al final de su vida laboral, o al menos a mitad, o en su jubilación, cuando se tiene tiempo. Pero no me parece de buen gusto imponer a un puñado de jóvenes la reinvención de sus trayectorias cuando éstas aún no han empezado. De ninguna manera.

Mi invención comenzó en la Facultad de Ciencias de la Información. Fui a una carrera atestada de gente, con una competencia infinita. Y fui porque quise, es cierto. Fui por vocación, porque siempre quise ser periodista. Con mi primer sueldo de camarera de terracita veraniega pagué mi primera cámara, tenía diecinueve años. Fue una herramienta cara pero necesaria en el proceso de invención que se abría ante mis ojos: el fotoperiodismo, una nueva pasión encontrada. 
 
Me iba a hacer fotos a diestro y siniestro todos los días que salía el sol y todos los que llovía también. Me encantaba. Ahora no es lo mismo, no es la misma inspiración gratuita y despreocupada la que dispara por mí. Ahora hay más problemas detrás de la cámara que delante, quizás porque son míos y no quiero ver que en efecto no son los peores, pero así lo siento. 
 
A veces salía a hacer fotos solo porque el click click de los disparos me relajaba. Me gustaba fotografiar “a ciegas” solo direccionando la cámara hacia un sitio amplio, como una calle, un parque. Y sin fijarme demasiado, fotografiar. Estaba muy interesante ver las vidas que confluían en un plano general de forma casual. Disparé a la Calle Arenal: la Ópera al fondo, una que mira escaparates, un inmigrante con chaleco fosforescente comprando oro al peso, dos enamorados inmortalizados en una carantoña, una señora que pide limosna en San Ginés, cerca de una de las librerías favoritas de Salva cuyo rinconcito se intuye a la izquierda, donde un señor inclinado selecciona un libro de segunda, tercera, o quinta mano. 
 
Cuánto ha cambiado Madrid desde que llegué. Cada día amo más esta ciudad. No solo por bella, que me lo parece hasta decir basta, sino por sus continuas lecciones, por su afán de sobrevivir en la belleza de siglos atrás sin renunciar a los aires de nuevos tiempos que la cubren de modernidad. 
 
Lo malo de los nuevos tiempos, de los que ahora transcurren, es que a parte de esa modernidad que se traduce en rascacielos o entradas estrambóticas a la red de metro como la que han puesto en la Puerta del Sol, también cubren a la ciudad de incertidumbre y miseria. Nunca había visto en Madrid tantos indigentes como ahora mismo, y ya llevo aquí más de una década. 
 
Me deprime enormemente que estén por todas partes. Porque me hacen sentir repugnante en una indiferencia casi obligada, estandarizada, que todos mostramos sin despeinarnos. Pienso que hoy en día, no es tan difícil verse en su lugar y de repente me siento miserable por quejarme de que no me salga trabajo, si al fin y al cabo voy sobreviviendo con la ayuda de mis padrastro, cual quinceañera. ¿Tengo derecho a quejarme? La verdad es que no lo tengo nada claro. 
 
Cuando me encontraba revisando la última fotografía escuché mi nombre tras de mí. Levanté la cabeza y encontré al girarme a Salva. No iba solo.

Hacía tiempo que no nos veíamos, casi dos meses. Hablábamos por teléfono poco y mal, y nuestro último encuentro fue un tanto extraño: después de conseguir comportarnos como amigos medianamente normales durante algún tiempo, finalmente nuestra normalidad no dio más de sí y terminamos en la cama. Parecía increíble después de la última gran pelotera por la enésima vez que salió a relucir el tema de Víctor. Después de acostarme con Salva por última vez sentí un tremendo agobio y prácticamente le eché de mi casa diciéndole que necesitaba estar separada de él un tiempo. Ese era el tipo de comportamiento que no me ayudaba a convencerle de que lo de Víctor había sido algo confuso y pasajero. Ya hacía un par de años que nos cabreábamos y reconciliábamos por el mismo tema. Muchas veces ni yo me entiendo, y no me podría perdonar el jugar con sus sentimientos. Así habían pasado las semanas. Siete en total, las había contado.



 Alba Sánchez Serradilla

jueves, 19 de septiembre de 2013

EL PERFUME: UNA NOVELA OLFATIVA



Aún no he terminado de leer el Perfume, a falta de pocas páginas y ahorrándome así el riesgo de desvelar el final, voy  a contaros mis impresiones sobre un libro que me ha sorprendido muy gratamente. 

En primer lugar, no es un libro que estuviera en la lista de títulos  que yo misma me habría obligado a leer antes de morir. Este libro cayó en mis manos a través de un regalo inesperado de un buen amigo que me aseguró que le había encantado. Como este chico nunca me engaña, no dudé de que fuera un buen libro, pero la verdad es que ha superado mis expectativas. 

Lo que más me ha llamado la atención de El Perfume es su dimensión olfativa, nunca antes vista por una servidora a ese nivel de elaboración en un texto. Ciertamente hay pasajes del libro en los que el propio olfato del lector se encuentra en un grado de estimulación excepcionalmente alto para el acto en sí, que es solo leer. Sorprendente.



Patrick Suskind narra la historia de Jean Baptiste Grenouille, un personaje de los que serían considerados parias del siglo XVIII, con un don extraordinario en su sentido del olfato. Se trata de un hombre cuyo interés hacia el mundo se centra exclusivamente en su dimensión olfativa, y ese es el punto de vista desde el cual explora todo lo que le rodea. 

Grenouille se convierte, tras el dramático relato de los primeros años de su vida, en un perfumista de talento deslumbrante, aunque no siempre reconocido. El relato de los intríngulis de la perfumería resulta muy interesante, al menos para alguien como yo, a quien siempre le había sido ajeno el arte de la perfumería, sus herramientas, sus técnicas, el oficio clásico de perfumista. 

Es precisamente su obsesión por la destilación de olores y perfumes lo que le lleva a adoptar métodos poco ortodoxos de extracción de nuevas “fragancias”, pero ese un terreno que debo dejar a la incógnita hasta que os decidáis a leer la novela. 

Algunos pasajes me han resultado ciertamente desagradables, y he de decir que ese aspecto del libro es el que me ha resultado más interesante, ya que la repugnancia producida por una descripción detallada del “carnaval” de olores que caracterizaban a las personas y las ciudades del siglo XVIII es un efecto generado en el lector a partir de un relato –algo poco olfativo en sí mismo-. La descripción es tan detallada, tan expresiva que realmente llegas a experimentar algo parecido al efecto que produciría el olor en sí mismo: asco, frescura, buenas y malas sensaciones en la pituitaria solo a través de las letras. Desde mi punto de vista, diferente a todo lo leído anteriormente. 

Sin embargo no todo iba a ser perfecto. Puede que el ritmo sea uno de los aspectos que menos me han gustado. Más que nada porque me ha parecido inconstante: el comienzo es trepidante, rápido y ágil. La segunda parte ralentiza la historia, narra aspectos más técnicos, introduciendo al lector en el mundo de la perfumería a costa de un poco de argumento. Digamos que dejan de “pasar cosas” al ritmo que se sucedían en la primera parte.  La tercera parte lo arregla, pero en mi opinión, concentra demasiada acción que podría haber sido más repartida a lo largo de las páginas. No obstante, no se hace nada pesado y la lectura es dinámica y muy entretenida, una historia y una narración de las que engancha. 

Dicho lo cual, me dispongo a terminar el libro, a ver si el final es acorde con lo estupendo de la lectura hasta ahora. En definitiva: Si tuviera que darle solo un adjetivo a El Perfume sería “sensitiva”.  Considero El Perfume un título muy recomendable para todo tipo de lector, en especial para los que buscan una buena historia, pero sobre todo para los que son amantes de la literatura más sorpresiva. 


Alba Sánchez